La Historia de la Mirada

Por Subcomandante Marcos

 

ojos zapatistas

Miraba yo a cualquier lado, a nada en especial, acaso tratando de adivinar alguna pregunta escondida en un rincón de la múltiple sombra que en La Realidad camina y se desvela, cuando el Viejo Antonio me pide fuego para su cigarro mal forjado en doblador. De por sí el Viejo Antonio se da en llegarse callado, es parco con la palabra y el gesto. Pero cuando empieza el humo del tabaco a salir de sus labios, salen también grandes y pequeñas historias, como ésta que ahora les cuento como me la contó el Viejo Antonio cuando me miraba mirar, y que se llama, según recuerdo…

La historia de la mirada

Una lenta voluta de humo sale de la boca del Viejo Antonio que la mira y, con su mirada, le empieza a dar forma de signo y de palabra. Al humo y la mirada, siguen las palabras del Viejo Antonio…

“Mira Capitán (porque debo aclararles que en el tiempo en que yo conocí al Viejo Antonio tenía yo el grado de Capitán Segundo de Infantería Insurgente, lo que no dejaba de ser un típico sarcasmo zapatista porque sólo éramos 4 -desde entonces el Viejo Antonio me llama “Capitán”), mira Capitán, hubo un tiempo, hace mucho tiempo, en que nadie miraba. No es que no tuvieran ojos los hombres y mujeres que se caminaban estas tierras. Tenían de por sí, pero no miraban. Los dioses más grandes, los que nacieron el mundo, los más primeros, de por sí habían nacido muchas cosas sin dejar mero clarito para qué o por qué o sea la razón o el trabajo que cada cosa debía de hacer o de tratar de hacer. Porque de que cada cosa tenía su por qué, pues sí, porque los dioses que nacieron el mundo, los más primeros, de por sí eran los más grandes y ellos sí se sabían bien para qué o por qué cada cosa, eran dioses pues. Pero resulta que estos dioses primeros no muy se preocupaban de lo que hacían, todo lo hacían como fiesta, como juego, como baile. De por sí cuentan los más viejos de los viejos que, cuando los primeros dioses se reunían, seguro tenía que haber una su marimba, porque seguro que al final de sus asambleas se venían la cantadera y la bailadera. Es más, dicen que si la marimba no estaba a la mano, pues nomás no había asamblea y ahí se estaban los dioses, rascándose nomás la barriga, contando chistes y haciéndose travesuras. Bueno, el caso es que los dioses primeros, los más grandes, nacieron el mundo, pero no dejaron claro el para qué o el por qué de cada cosa. Y una de estas cosas eran los ojos. ¿Acaso habían dejado dicho los dioses que los ojos eran para mirar? No pues. Y entonces ahí se andaban los primeros hombres y mujeres que acá se caminaron, a los tumbos, dándose golpes y caídas, chocándose entre ellos y agarrando cosas que no querían y dejando de tomar cosas que sí querían. Así como de por sí hace mucha gente ahora, que toma lo que no quiere y le hace daño, y deja de agarrar lo que necesita y la hace mejor, que anda tropezándose y chocando unos con otros. O sea que los hombres y mujeres primeros sí tenían unos sus ojos, sí pues, pero no miraban. Y muchos y muy variados eran los tipos de ojos que tenían los más primeros hombres y mujeres. Los había de todos los colores y de todos los tamaños, los había de diferentes formas. Había ojos redondos, rasgados, ovalados, chicos, grandes, medianos, negros, azules, amarillos, verdes, marrones, rojos y blancos. Sí, muchos ojos, dos en cada hombre y mujer primeros, pero nada que miraban.

Y así se hubiera seguido todo hasta nuestros días si no es porque una vez pasó algo. Resulta que estaban los dioses primeros, los que nacieron el mundo, los más grandes, haciendo una su bailadera porque agosto era, pues, mes de memoria y de mañana, cuando unos hombres y mujeres que no miraban se fueron a dar a donde estaban los dioses en su fiestadero y ahí nomás se chocaron con los dioses y unos fueron a dar contra la marimba y la tumbaron y entonces la fiesta se hizo puro borlote y se paró la música y se paró la cantadera y pues también la bailadera se detuvo y gran relajo se hizo y los dioses primeros de un lado a otro tratando de ver por qué se detuvo la fiesta y los hombres y mujeres que no miraban se seguían tropezando y chocando entre ellos y con los dioses. Y así se pasaron un buen rato, entre choques, caídas, mentadas y maldiciones.

Ya por fin al rato como que se dieron cuenta los dioses más grandes que todo el desbarajuste se había hecho cuando llegaron esos hombres y mujeres. Y entonces los juntaron y les hablaron y les preguntaron si acaso no miraban por dónde caminaban. Y entonces los hombres y mujeres más primeros no se miraron porque de por sí no miraban, pero preguntaron qué cosa es “mirar”. Y entonces los dioses que nacieron el mundo se dieron cuenta de que no les habían dejado claro para qué servían los ojos, o sea cuál era su razón de ser, su por qué y su para qué de los ojos. Y ya les explicaron los dioses más grandes a los hombres y mujeres primeros qué cosa era mirar, y los enseñaron a mirar.

Así aprendieron estos hombres y mujeres que se puede mirar al otro, saber que es y que está y que es otro y así no chocar con él, ni pegarlo, ni pasarle encima, ni tropezarlo.

Supieron también que se puede mirar adentro del otro y ver lo que siente su corazón. Porque no siempre el corazón se habla con las palabras que nacen los labios. Muchas veces habla el corazón con la piel, con la mirada o con pasos se habla.

También aprendieron a mirar a quien mira mirándose, que son aquellos que se buscan a sí mismos en las miradas de otros.

Y supieron mirar a los otros que los miran mirar.

Y todas las miradas aprendieron los primeros hombres y mujeres. Y la más importante que aprendieron es la mirada que se mira a sí misma y se sabe y se conoce, la mirada que se mira a sí misma mirando y mirándose, que mira caminos y mira mañanas que no se han nacido todavía, caminos aún por andarse y madrugadas por parirse.

Y ya que aprendieron esto, los dioses que nacieron el mundo les encargaron a estos hombres y mujeres, que habían llegado tropezando, chocando y cayendo con todo, la tarea de enseñarles a los demás hombres y mujeres cómo se miraba y para qué es el mirar. Y ahí aprendieron los diferentes a mirar y mirarse.

Y no todos aprendieron porque ya el mundo se había echado a andar y ya andaban los hombres y mujeres por todos lados, tropezando, cayéndose y chocando unos con otros. Pero unos y unas sí aprendieron y éstas y éstos que aprendieron a mirar son los llamados hombres y mujeres de maíz, los verdaderos.”

Quedó en silencio el Viejo Antonio. Yo lo miré mirarme mirarlo y volteé la vista mirando cualquier rincón de esa madrugada.

El Viejo Antonio miró lo que yo miraba y, sin decir ninguna palabra, agitó con su mano la encendida colilla de su cigarro de doblador. De pronto, convocada por el llamado de la luz en la mano del Viejo Antonio, una luciérnaga salió del rincón más oscuro de la noche y trazando breves serpentinas luminosas, se acercó hasta donde el Viejo Antonio y yo estábamos sentados. Tomó el Viejo Antonio la luciérnaga con sus dedos y, dándole un soplo, la despidió. Se fue la luciérnaga hablando su luz tartamuda.

Un rato siguió la noche de abajo oscura.

De pronto, cientos de luciérnagas empezaron su brilloso y desordenado baile y ahí, en la noche de abajo, había de pronto tantas estrellas como la que en la noche de arriba vestía el agosto de las montañas del Sureste Mexicano.

“Para mirar, y para luchar, no basta saber a dónde dirigir miradas, paciencia y esfuerzos” -me dijo el Viejo Antonio ya incorporándose-.

Es necesario también empezar y llamar y encontrar a otras miradas que, a su tiempo, empezarán y llamarán y encontrarán a otras más.

Así, mirando el mirar del otro, se nacen muchas miradas y mira el mundo que puede ser mejor y que hay lugar para las miradas todas y para quien, aunque otro y diferente, mira mirar y se mira a sí mismo caminando la historia que falta todavía”.

 

México, agosto de 1999

Que me den

Por Anabel Sosa

 

Nunca ha faltado aquel inmiscuido, un tanto desubicado y con un interés pseudovouyerista, que en una conversación privada, aunque tal vez no íntima, pregunta: ʺY a vos, ¿a dónde te gustaría tener sexo?ʺ. Y suele pasar también que en mi caso de fémina, primero pienso en cómo no contestar la pregunta y pasado el microsegundo comienzo a enumerar mentalmente una serie de lugares públicos, espacios poco comunes, paisajes naturales y demás fetiches que duermen en la solapada inconsciencia.

Me he vuelto a hacer esta pregunta recientemente: a mí, ¿dónde me gustaría tener sexo? Y me di cuenta que tengo sexo en todos lados y no porque sea una ninfómana, sino porque no puedo evitarlo. Cuando alguien se enoja conmigo me manda a la concha de mis parientas. Cuando tengo mala suerte me como un pijazo. Si sé que me van a joder el día tengo un solo deseo: que sea con vaselina. Si era él quien tenía razón, me la re‐puso. Si digo no tengo el culo roto, si oculto algo lo tengo sucio. Si no me causa gracia lo que decís soy una frígida; o mejor, una frígida del orto. Si me cobraron de más me rompieron el ojete. Si hice algo mal soy una hija de puta. Si me jugaron una mala pasada me recogieron. Si estoy de mal humor me cogieron mal y, cuando no me importa, me chupa un huevo o la misma pija que hace un rato me comí. Me la ponen y me la sacan permanentemente. En cualquier ámbito, en la calle, en los shoppings, en las canchas de fútbol, en los trabajos, en las reuniones familiares, en las agónicas esperas. En todas partes hay algo que nos lleva a pensaren un eterno kamasutra cotidiano.

Salgo de las puteadas, me quiero deshacer de tanto manoseo. Levanto la mirada mientras camino y ahí está la modelo más tuneada mostrando las tetas, con una tanga metida hasta el útero, más allá el tipo bulteando unos calzones y atrás de él una disfrazada de sirvienta erótica con una plancha tirada en el piso que dice “amas de casa eran las de antes”. O sea, que ahora las mujeres sólo servimos para que nos den. Pasa un tipo, me mira: ʺte cojo toda, mamitaʺ. Bajo la mirada, me pongo los auriculares, suena la radio. El reggaetón me da la consigna constante de que perree, de que menee, que me castiguen por mi mala conducta, que hoy me toca darle a mi macho hasta que salga el sol, contra la pared, o como venga. Cambio la frecuencia, la cumbia con palabras más palabras menos me somete al látigo y a tener sexo de forma perenne, el tipo masomenos me va a desgarrar, y yo tengo que estar feliz y querer más.

Ya no da para más, mi lubricación cerebral escasea. Llego a casa y cometo el error más enorme, prendo la tevé. Me esperan una sarta de siliconas, guerras de ego, pobres ideas, bailes promiscuos disfrazados de arte, chicas golosas de exportación y Marcelo Hugo con todo su arsenal pornográfico y berreta. Todo masivo, de perdurable y franca expansión. Al rato llega él, en silencio preparamos la comida. Estoy agotada. Después nos comemos un yogurt. “¿Hay más postre?”, me pregunta; Yo ansío la ducha y la cama, sola por favor. Él quiere. Yo ya no puedo coger más por hoy.

 

Fuente: Revista ¿Todo Piola? – Nro.15 Julio / Agosto de 2012

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Marozia

Las Ciudades Escondidas.


Una Sibila, interrogada sobre el destino de Marozia, dijo:

– Veo dos ciudades: una del ratón, otra de la golondrina.

El oráculo fue interpretado así: Marozia es una ciudad donde todos corren por galerías de plomo como bandas de ratones arrancándose de entre los dientes los restos que caen de los dientes de los ratones más amenazadores; pero está por empezar un nuevo siglo en el que todos en Marozia volarán como las golondrinas por el cielo de verano, llamándose como en un juego, dando volteretas con las alas inmóviles, despejando el aire de mosquitos y moscas.

– Es hora de que el siglo del ratón termine y empiece el de la golondrina —dijeron los más resueltos. Y en realidad ya bajo el torvo y sórdido predominio ratonil se sentía incubar, entre la gente menos notoria, un impulso de golondrinas que apuntan hacia el aire transparente con un ágil coletazo y dibujan con el filo de las alas la curva de un horizonte que se ensancha.

Volví a Marozia años después; la profecía de la Sibila se considera cumplida desde hace tiempo; el viejo siglo quedó sepulto; el nuevo esta en su culminación. La ciudad sin duda ha cambiado, y quizá para mejor. Pero las alas que he visto volar son las de los paraguas desconfiados bajo los cuales párpados pesados bajan cuando los miran; gentes que creen volar las hay, pero apenas si se levantan del suelo agitando hopalandas de murciélago.

Sucede, sin embargo, que, rozando los compactos muros de Marozia, cuando menos te lo esperas ves abrirse una claraboya y aparecer una ciudad diferente, que al cabo de un instante ha desaparecido.

Quizá todo está en saber qué palabras pronunciar, qué gestos cumplir, y en qué orden y ritmo, o bien basta la mirada la respuesta el ademán de alguien, basta que alguien haga algo por el solo gusto de hacerlo, y para que su gusto se convierta en gusto de los demás: en ese momento todos los espacios cambian, las alturas, las distancias, la ciudad se transfigura, se vuelve cristalina, transparente como una libélula. Pero es preciso que todo ocurra como por casualidad, sin darle demasiada importancia, sin la pretensión de estar realizando una operación decisiva, teniendo bien presente que de un momento a otro la Marozia de antes volverá a soldar su techo de piedra, telarañas y moho sobre las cabezas.

¿El oráculo se equivocaba? No está dicho. Yo lo interpreto de esta manera: Marozia consiste en dos ciudades: la del ratón y la de la golondrina; ambas cambian en el tiempo, pero no cambia su relación: la segunda es la que está por librarse de la prisión de la primera.

 

de Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino.

Todo en un punto

por Italo Calvino

 

Con arreglo a los cálculos iniciados por Edwin P. Hubble sobre la velocidad del alejamiento de las galaxias, se puede establecer el momento en que toda la materia del universo estaba concentrada en un solo punto, antes de empezar a expandirse en el espacio.

Naturalmente que estábamos todos allí –dijo el viejo Qfwfq-, ¿y dónde íbamos a estar, si no? Que pudiese haber espacio, nadie lo sabía todavía. Y el tiempo, ídem: ¿qué quieren que hiciéramos con el tiempo, allí apretados como sardinas?

He dicho “apretados como sardinas” por usar una imagen literaria: en realidad no había espacio, ni siquiera para estar apretados. Cada punto de nosotros coincidía con cada punto de los demás en un punto único que era aquel donde estábamos todos (…)

 

Leer completo  Todo en un punto

(del libro Las Cosmicómicas)

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